
Hace algunos años escribí un trabajo sobre migraciones y organizaciones sociales. En aquel momento me preocupaba especialmente la forma en que determinadas organizaciones humanitarias eran señaladas como responsables de favorecer los procesos migratorios o de conceder a las personas inmigrantes privilegios que, supuestamente, no estaban al alcance del resto de la población.
Ha pasado tiempo desde entonces. También ha cambiado mi manera de acercarme a estas cuestiones.
No porque haya dejado de preocuparme la facilidad con la que construimos determinados discursos alrededor de la inmigración, sino porque la experiencia profesional me ha enseñado algo que considero fundamental: antes de intentar cambiar una realidad debemos esforzarnos en comprenderla.
Y comprenderla significa también estar dispuestos a descubrir que quizá no sea exactamente como nosotros pensábamos.
Imaginemos una situación bastante posible. Un ayuntamiento solicita a un equipo de educadoras y educadores sociales que prepare una campaña de sensibilización sobre inmigración y convivencia. En el municipio circulan comentarios sobre las ayudas públicas, aparecen críticas hacia determinadas organizaciones que trabajan con población inmigrante y algunos vecinos hablan de dificultades de convivencia.
Existe una preocupación. Existe también un encargo institucional.
La tentación podría ser empezar inmediatamente a diseñar actividades: charlas en centros educativos, campañas informativas, publicaciones en redes sociales, encuentros interculturales o materiales explicando cómo funcionan las ayudas.
Pero quizá nuestra primera tarea no debería ser decidir qué vamos a hacer.
Quizá deberíamos empezar preguntándonos qué está ocurriendo realmente.
Cuando nos entregan una solución antes de conocer el problema
Esto sucede con cierta frecuencia en la intervención social. Al profesional no siempre se le presenta una situación para que la estudie. A veces recibe directamente una solución previamente formulada.
- «Hay que hacer una campaña».
- «Hay que trabajar las habilidades sociales».
- «Hay que sensibilizar».
- «Hay que intervenir con esta familia».
- «Hay que conseguir que este joven cambie su comportamiento».
Pero que alguien haya definido una respuesta no significa necesariamente que el problema esté suficientemente comprendido.
En el ejemplo que nos ocupa, podríamos recibir el encargo de realizar una campaña contra los rumores relacionados con la inmigración. Sin embargo, antes de aceptar esa definición deberíamos comprobar si realmente existe ese problema, dónde aparece, qué alcance tiene y cuáles son sus consecuencias.
No es lo mismo descubrir que existe información falsa sobre determinadas prestaciones sociales que encontrar dificultades reales para acceder a algunos servicios. Tampoco es lo mismo un conflicto entre vecinos que una situación de discriminación. Y sería un error interpretar cualquier desacuerdo entre personas de diferentes procedencias como un conflicto cultural.
La realidad social suele ser bastante más compleja que las etiquetas con las que intentamos explicarla.
Por eso considero que una de las responsabilidades del educador social consiste precisamente en no aceptar como diagnóstico la primera definición que recibe.
Durante mi experiencia profesional he comprobado muchas veces cómo una persona puede llegar hasta nosotros acompañada previamente de una explicación: conflictiva, desmotivada, difícil, desestructurada, incapaz de adaptarse.
Después empezamos a conocerla.
Y algunas veces descubrimos que aquello que parecía explicar su comportamiento solo era una pequeña parte de la historia.
Con los problemas sociales ocurre algo parecido.
Primero preguntar
Volvamos a nuestra reunión municipal.
Tenemos informes, algunas estadísticas, comentarios recogidos por los servicios municipales, publicaciones en redes sociales y la percepción de que existe cierta tensión relacionada con la inmigración.
Antes de convertir todo eso en un proyecto necesitamos ordenar preguntas.
- ¿Qué está ocurriendo?
- ¿Dónde sucede?
- ¿A quién afecta?
- ¿Desde cuándo?
- ¿Qué hechos podemos comprobar?
- ¿Qué parte de lo que conocemos son interpretaciones?
- ¿Quién ha definido inicialmente el problema?
- ¿Quién todavía no ha podido explicarnos cómo lo vive?
Este momento previo no retrasa la intervención. Forma parte de ella.
La intervención socioeducativa comienza mucho antes de organizar una actividad. Comienza cuando intentamos comprender las relaciones que mantienen las personas, los contextos en los que viven, las barreras que encuentran y también los recursos que ya existen.
Este planteamiento coincide con enfoques actuales que sitúan el conocimiento del contexto, el diálogo y la participación entre los elementos necesarios para orientar las políticas y actuaciones de inclusión (Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, 2023).
Podríamos resumir ese recorrido de una manera muy sencilla:
Encargo → preguntas → recogida y contraste de información → diagnóstico → objetivos → actuaciones → evaluación
Naturalmente, la realidad no siempre seguirá este orden de manera perfecta. Durante el desarrollo del proyecto podremos descubrir algo que nos obligue a regresar al diagnóstico. Una actividad puede mostrar una dificultad que no habíamos previsto. La participación de nuevas personas puede modificar nuestra interpretación inicial.
Trabajar con personas implica aceptar también esa incertidumbre.
No convertir nuestras convicciones en conclusiones
En aquel trabajo que escribí años atrás me preocupaba especialmente la criminalización de las organizaciones humanitarias.
Sigo pensando que determinados discursos atribuyen a estas entidades responsabilidades que no les corresponden y que, con demasiada frecuencia, se construye alrededor de ellas una imagen simplificada.
Pero hoy formularía aquella preocupación de una manera algo diferente, en lugar de partir de la afirmación de que existe una criminalización, intentaría convertirla en preguntas.
- ¿Existe desconfianza hacia esas organizaciones en el municipio?
- ¿De dónde procede?
- ¿Conocen los vecinos realmente cuáles son sus funciones?
- ¿Se les atribuyen decisiones que corresponden a las administraciones públicas?
- ¿Han ocurrido situaciones concretas que puedan explicar determinadas críticas?
Defender el trabajo humanitario no debería impedirnos analizarlo, no todas las organizaciones funcionan de la misma forma. Tampoco cualquier crítica hacia ellas tiene necesariamente su origen en un prejuicio.
Creo que precisamente ahí se encuentra una de las diferencias entre defender una idea y trabajar profesionalmente sobre una realidad.
El educador social puede tener valores, convicciones y compromisos. Naturalmente que los tiene. Pero tiene también la obligación de contrastar aquello que cree con aquello que encuentra.
Una frase aparentemente sencilla
Imaginemos ahora que durante nuestras primeras conversaciones aparece una afirmación conocida:
«Los inmigrantes reciben todas las ayudas». Podríamos contestar inmediatamente diciendo que eso es falso.
Quizá tengamos razón, pero profesionalmente todavía necesitaríamos hacer algo más. Primero tendríamos que comprobar cómo funcionan realmente esas prestaciones: cuáles son sus requisitos, quién puede solicitarlas y qué datos existen sobre su concesión. Después habría que preguntarse si esa afirmación aparece de forma ocasional o si está realmente extendida. También sería necesario conocer qué experiencias se encuentran detrás de ella.
Una persona puede creer que existe un trato desigual porque desconoce los criterios de acceso a una ayuda. Otra puede haber vivido una situación económica difícil y interpretar como injusto que alguien que considera recién llegado reciba apoyo. Puede existir también información deliberadamente falsa difundida en determinados espacios.
- Cada situación requeriría una respuesta diferente.
- Una frase puede iniciar nuestra investigación.
- Pero una frase no constituye todavía un diagnóstico.
Los datos ayudan, pero tampoco hablan solos
En el trabajo original recurría a numerosas cifras relacionadas con inmigración, tercer sector, voluntariado, empleo y aportaciones económicas.
Hoy sería mucho más prudente al utilizarlas, no porque los datos hayan perdido importancia, sino precisamente porque sabemos lo fácil que resulta utilizarlos mal. Recordad que una cifra puede ser cierta y, sin embargo, conducir a una interpretación equivocada, por lo que necesitamos saber qué mide, de qué año procede, a qué población se refiere y cómo se ha obtenido.
También debemos distinguir conceptos que muchas veces aparecen mezclados. Persona extranjera, persona nacida en otro país, solicitante de protección internacional o persona en situación administrativa irregular no significan lo mismo.
Cuando agrupamos todas esas realidades bajo una única categoría llamada «inmigrantes» empezamos a perder información antes incluso de comenzar el análisis.
Los datos generales pueden ayudarnos a comprender el contexto, pero nuestro proyecto necesita conocer también qué ocurre en ese municipio concreto.
Cuántas personas viven allí.
- Qué servicios utilizan.
- Qué dificultades encuentran.
- Qué espacios comparten.
- Qué conflictos se han producido realmente.
- Y también algo que con frecuencia olvidamos preguntar: qué relaciones funcionan bien.
Porque si únicamente investigamos los problemas acabaremos construyendo una imagen del territorio formada exclusivamente por problemas.
Escuchar a quienes suelen convertirse en objeto de estudio
Existe otra cuestión que considero imprescindible; no podemos elaborar un proyecto sobre inmigración escuchando únicamente a quienes hablan sobre las personas inmigrantes. Puede parecer evidente, pero no siempre ocurre.
Profesionales, administraciones, organizaciones y vecinos pueden proporcionarnos información importante. Sin embargo, ninguna de esas voces sustituye la experiencia de quienes viven directamente las situaciones que pretendemos comprender.
Las personas migrantes deberían participar desde el inicio.
Y tampoco podemos tratarlas como si constituyeran un grupo homogéneo, conocemos quw no existe una única experiencia de la inmigración.
Las circunstancias de una persona joven no son necesariamente las mismas que las de una familia. La situación laboral, el género, el tiempo de residencia, el conocimiento del idioma, la red de apoyo o la situación administrativa pueden modificar profundamente la manera en que alguien se relaciona con su entorno.
Escuchar exige también crear las condiciones para que esa participación sea posible.
- Horarios adecuados.
- Espacios donde exista confianza.
- Apoyo lingüístico cuando sea necesario.
- Y algo especialmente importante: no obligar a nadie a convertirse en representante de un colectivo simplemente porque haya aceptado participar.
- Una persona cuenta su experiencia, no habla necesariamente en nombre de todas las demás.
Separar hechos, interpretaciones e hipótesis
Después de recoger información llegará uno de los momentos más delicados: intentar ordenar lo que sabemos.
A mí me resulta útil distinguir tres niveles.
- Lo que sabemos.
- Lo que creemos que puede estar ocurriendo.
- Y lo que todavía necesitamos comprobar.
Parece una distinción sencilla, pero puede evitar muchos errores.
Imaginemos que encontramos información poco accesible sobre las ayudas municipales, desconocimiento de los requisitos y algunas conversaciones en las que aparecen afirmaciones falsas. Podríamos formular la hipótesis de que esa falta de información favorece determinados rumores, pero sigue siendo una hipótesis, necesitamos comprobarla, con ello, quizá descubramos que quienes reproducen esos mensajes conocen perfectamente cómo funcionan las ayudas. Entonces la explicación será otra.
Los rumores tampoco deberían asumirse como una descripción de la realidad. Cuando se apoyan en estereotipos y prejuicios pueden condicionar la convivencia, por lo que identificarlos y contrastarlos con información fiable constituye un paso previo a cualquier estrategia de intervención (Consejo de Europa, 2018).
Este mismo principio debería acompañarnos cuando elaboramos un árbol de problemas.
Cada flecha que dibujamos entre una causa y una consecuencia representa una afirmación sobre la realidad, no es suficiente con que resulte lógica, es importante poder explicar por qué creemos que existe esa relación.
Y si el problema no está únicamente en la población
Existe además una posibilidad que cualquier intervención debería contemplar.
¿Y si durante el diagnóstico descubrimos que una parte de las dificultades se encuentra en los propios servicios?
Quizá la información municipal sea demasiado compleja y, existan procedimientos difíciles de comprender.
Puede que determinados horarios dificulten el acceso, o que algunos profesionales necesiten revisar la manera en que se comunican con personas que no dominan suficientemente el idioma, en ese caso sería injusto diseñar una campaña destinada únicamente a modificar las actitudes de la población.
Recordad: La sensibilización tiene límites.
No podemos pedir a una actividad educativa que resuelva aquello que depende de la organización de los servicios, de decisiones políticas o de la disponibilidad de recursos, también esto forma parte del diagnóstico: descubrir qué podemos modificar desde nuestro proyecto y qué necesita otro tipo de respuesta.
Migraciones, convivencia y dignidad
Hay una cuestión que atraviesa toda esta reflexión.
Durante muchos años se han utilizado datos económicos para defender la inmigración: cuánto cotizan las personas migrantes, cuántos puestos de trabajo ocupan, qué aportan al sistema productivo o cuál es su contribución al sostenimiento de determinados servicios.
Esos datos pueden ser útiles para desmontar afirmaciones concretas.
Pero debemos tener cuidado, la dignidad de una persona no depende de que podamos demostrar que resulta rentable para la sociedad en la que vive.
Una persona no adquiere derechos porque produzca más de lo que consume.
La convivencia no debería fundamentarse exclusivamente en demostrar cuánto aporta cada uno y ello, no significa ignorar los problemas.
Puede haber conflictos, limitaciones de recursos, errores institucionales, dificultades de convivencia y comportamientos que necesiten ser abordados y precisamente por respeto a las personas, deberíamos poder hablar también de ellos sin convertir a nadie en sospechoso por su origen y sin utilizar situaciones particulares para construir explicaciones sobre colectivos enteros.
Antes de intervenir, comprender
Llegados a este punto, el ayuntamiento continúa esperando una propuesta, pero el equipo ya no se encuentra en la misma situación que cuando recibió el encargo. Todavía no hemos diseñado la campaña, pero disponemos de elementos para decidir si la respuesta inicialmente planteada se corresponde realmente con las necesidades encontradas.
| Lo que hemos analizado | Qué nos permite decidir |
|---|---|
| Qué hechos pueden comprobarse y cuáles proceden de opiniones o interpretaciones. | Delimitar el problema sin asumir como ciertas las primeras explicaciones. |
| Dónde aparecen las dificultades y a quiénes afectan. | Evitar generalizaciones y concretar los espacios y personas con los que sería necesario trabajar. |
| Qué dicen los datos y cuáles son sus límites. | Fundamentar nuestras decisiones sin utilizar las cifras fuera de su contexto. |
| Cómo viven la situación las personas implicadas. | Incorporar experiencias y necesidades que pueden no aparecer en los registros institucionales. |
| Qué recursos, relaciones y experiencias positivas existen en el territorio. | Partir también de las capacidades de la comunidad y no únicamente de sus problemas. |
| Qué responsabilidad pueden tener los servicios y las propias instituciones. | Distinguir aquello que puede abordarse mediante una intervención educativa de lo que requiere cambios organizativos o institucionales. |
| Qué cuestiones siguen sin estar suficientemente claras. | Reconocer los límites del diagnóstico y evitar presentar como conclusiones aquello que todavía son hipótesis. |
El resultado de este recorrido no tiene por qué confirmar que la campaña imaginada inicialmente sea la respuesta adecuada. Quizá el diagnóstico señale la necesidad de trabajar determinados rumores sobre las ayudas; quizá encontremos dificultades de comunicación entre los servicios y la población; puede que sea necesario favorecer espacios de encuentro entre vecinos o que aparezcan varias necesidades entre las que tendremos que establecer prioridades.
El diagnóstico no debería servir para justificar la intervención que ya habíamos decidido, sino para decidir qué intervención necesitamos.
A partir de ahí podremos formular objetivos, seleccionar actuaciones, distribuir responsabilidades y establecer cómo evaluaremos los resultados.
Ese será el siguiente paso de este caso práctico y el contenido de la segunda parte.
Referencias
Consejo de Europa. (2018). Anti-rumours handbook: A standardised methodology for cities. Intercultural Cities Programme.
Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. (2023). Marco Estratégico de Ciudadanía e Inclusión contra el Racismo y la Xenofobia (2023-2027).


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