
Experiencia personal, contradicción y práctica reflexiva en las profesiones de ayuda
Existe una imagen implícita del profesional de la intervención social que resulta difícil de sostener cuando se observa de cerca. Quien trabaja acompañando a otras personas parece obligado no solo a poseer conocimientos y competencias profesionales, sino también a demostrar cierta coherencia entre aquello que propone en su trabajo y la manera en que conduce su propia vida. Si hablamos de comunicación, vínculos, autonomía, convivencia o resolución de conflictos, parecería razonable esperar que sepamos desenvolvernos especialmente bien cuando esas mismas cuestiones aparecen fuera del espacio profesional.
La realidad es bastante menos ordenada. Educadores sociales, trabajadores sociales, psicólogos y otros profesionales de ayuda continúan siendo padres, madres, hijos, parejas, amigos y personas sometidas a las mismas incertidumbres que cualquiera. Tener conocimientos sobre las relaciones humanas no garantiza mantener intactas las nuestras; comprender los mecanismos de un conflicto no significa disponer siempre de la capacidad necesaria para resolver los propios; acompañar durante años las decisiones de otras personas tampoco nos proporciona una especial inmunidad frente al error cuando somos nosotros quienes debemos decidir.
Esta aparente contradicción plantea una cuestión profesional que me parece especialmente importante: ¿hasta qué punto nuestras experiencias personales, incluidas aquellas que no hemos conseguido resolver satisfactoriamente, condicionan nuestra manera de acompañar a otras personas?
La ficción de una separación completa
Una determinada concepción de la profesionalidad ha tendido a establecer una frontera clara entre la persona y el profesional. La formación, el conocimiento técnico, los procedimientos y los límites profesionales deberían proporcionar una distancia suficiente para que la intervención no quedara condicionada por cuestiones personales. Esa distancia continúa siendo necesaria en muchos sentidos, pero la investigación sobre las profesiones relacionales permite cuestionar que esa separación pueda llegar a ser absoluta.
En el trabajo social y la pedagogía social se ha estudiado el concepto de use of self, que podríamos traducir aproximadamente como «uso profesional del propio yo». Parte de una constatación aparentemente sencilla: en una profesión basada en relaciones, el profesional no interviene únicamente mediante técnicas. Su personalidad, su manera de comunicarse, sus experiencias, valores, emociones y formas de relacionarse participan también en la intervención. Autumn Roesch-Marsh aborda precisamente este problema desde la pedagogía social y señala la dificultad de determinar qué parte de nosotros puede formar legítimamente parte de la relación profesional y dónde deben establecerse los límites.
Esto significa que el profesional completamente neutral probablemente sea más una aspiración que una realidad. Podemos regular nuestro comportamiento, establecer límites, utilizar metodologías contrastadas y someter nuestras decisiones a criterios profesionales, pero seguimos interpretando la realidad desde una historia determinada. Lo importante, por tanto, quizá no sea pretender eliminar nuestra subjetividad, sino aprender a reconocerla y evitar que se convierta inadvertidamente en el criterio desde el que interpretamos la vida de otra persona.
La práctica reflexiva surge precisamente alrededor de esta necesidad. Helen Hickson, al estudiar la reflexión crítica desde el trabajo social, explica cómo el análisis de una experiencia permite descubrir supuestos, relaciones e influencias que inicialmente podían permanecer ocultos y reconstruir después nuestra comprensión de lo sucedido. No se trata simplemente de recordar qué hicimos, sino de preguntarnos por qué interpretamos una situación de determinada manera y qué había también de nosotros en aquella interpretación.
Sin embargo, tampoco deberíamos idealizar la capacidad de reflexionar. Harry Ferguson, estudiando directamente la práctica de trabajadores sociales con niños y familias, encontró que existen situaciones de tal intensidad emocional y relacional que el profesional no siempre puede analizar reflexivamente todo lo que está ocurriendo mientras interviene. La práctica reflexiva tiene valor, pero también límites, precisamente porque el profesional no es una máquina capaz de observarse permanentemente desde fuera mientras actúa.
Cuando nuestra historia también entra por la puerta
La experiencia personal puede convertirse en una fuente importante de conocimiento. Haber conocido determinadas dificultades puede facilitar que reconozcamos matices que quizá pasarían inadvertidos para alguien que únicamente se hubiera aproximado a ellas desde la teoría. Bindi Mackay ha planteado que la experiencia vivida constituye una forma de conocimiento todavía insuficientemente aprovechada dentro del trabajo social y que puede contribuir, entre otras cosas, a incrementar la empatía y la comprensión.
Pero precisamente aquí aparece una de las contradicciones más interesantes. La misma experiencia que nos ayuda a comprender puede también engañarnos. Un conflicto familiar propio puede hacernos especialmente sensibles ante el conflicto de otra persona, pero también puede llevarnos a interpretar demasiado rápidamente lo que está ocurriendo. Haber atravesado una experiencia semejante puede facilitar la empatía, pero no significa que ambas historias sean iguales ni que aquello que nos sirvió a nosotros tenga necesariamente que servir a quien tenemos delante.
Por eso me parece importante establecer una diferencia: la experiencia personal puede ayudarnos a formular mejores preguntas, pero resulta mucho más peligroso utilizarla para anticipar las respuestas.
La literatura sobre experiencia vivida y límites profesionales señala precisamente esa tensión. Nuestra biografía puede proporcionar conocimiento y favorecer una relación más humana, pero necesita incorporarse reflexivamente para que la historia del profesional no termine ocupando el espacio que corresponde a la persona acompañada. Investigaciones recientes cuestionan, además, que la relación entre lo personal y lo profesional pueda reducirse simplemente a levantar una frontera rígida entre ambas dimensiones.
Esta cuestión tiene especial relevancia en Educación Social. La relación socioeducativa se desarrolla frecuentemente en espacios cotidianos y durante periodos prolongados. El profesional observa conflictos, comparte actividades, establece límites, conversa, negocia y acompaña momentos aparentemente insignificantes que terminan formando parte del proceso educativo. Precisamente por esa proximidad resulta especialmente importante saber distinguir entre comprender una situación desde nuestra experiencia y proyectar nuestra experiencia sobre ella.
Profesionales competentes, personas contradictorias
Quizá una parte del problema proceda de la idea de que la competencia profesional debería producir certeza. Si sabemos suficientemente sobre una materia, deberíamos saber qué hacer. Pero las profesiones que trabajan con personas difícilmente pueden funcionar así. Podemos disponer de conocimientos, metodologías, experiencia y procedimientos y, aun así, encontrarnos ante situaciones para las que no existe una única respuesta correcta.
Esta constatación modifica considerablemente la pregunta inicial. Quizá no debamos preguntarnos si alguien que tiene conflictos personales puede acompañar adecuadamente los conflictos de otras personas. Si estableciéramos como condición para ejercer una profesión de ayuda haber alcanzado previamente una vida perfectamente resuelta, probablemente estaríamos exigiendo algo que ningún ser humano puede garantizar.
La pregunta profesionalmente relevante sería otra: ¿qué hace el profesional con aquello que todavía no ha resuelto?
Puede ignorarlo y actuar como si su historia no influyera nunca en sus decisiones. Puede utilizar su posición profesional para confirmar sus propias interpretaciones. Incluso puede intentar encontrar en la vida de las personas acompañadas una reparación simbólica de aquello que no consiguió reparar en la suya. Pero también puede reconocer que posee una historia, observar cómo esa historia influye en determinadas situaciones y utilizar la reflexión, la supervisión y el contraste con otros profesionales para impedir que sus necesidades personales sustituyan a las necesidades de quien acompaña.
Desde esta perspectiva, reconocer la contradicción no constituye necesariamente una debilidad profesional. Puede convertirse en una forma de responsabilidad.
La vulnerabilidad tampoco nos convierte en mejores profesionales
Existe, sin embargo, otro extremo que conviene evitar: romantizar las heridas personales. Haber sufrido, haberse equivocado o atravesado situaciones difíciles no proporciona automáticamente una capacidad especial para ayudar a los demás. La literatura ha utilizado la expresión wounded healer, el «sanador herido», para estudiar la presencia de experiencias personales difíciles entre quienes ejercen profesiones de ayuda.
Un estudio realizado por Straussner, Senreich y Steen con 6.112 trabajadores sociales titulados de trece estados de Estados Unidos examinó la presencia de problemas de salud mental y otros problemas conductuales antes y después de incorporarse a la profesión. El estudio resulta interesante para nuestra reflexión porque cuestiona la representación del profesional de ayuda como alguien situado fuera de las dificultades que afectan a las personas a las que atiende. Los profesionales también atraviesan problemas, vulnerabilidades y conflictos personales.
Pero de ahí no podemos concluir que la dificultad personal mejore por sí misma la práctica profesional. La experiencia vivida puede aportar sensibilidad y conocimientos valiosos, pero necesita ser elaborada y utilizada de manera responsable. Lo importante no es haber sufrido una determinada experiencia, sino qué relación mantenemos con ella cuando estamos acompañando a otra persona.
También conocemos mejor los efectos que el propio ejercicio de las profesiones de ayuda puede producir sobre quienes las desempeñan. Wagaman, Geiger, Shockley y Segal estudiaron en 173 trabajadores sociales la relación entre diferentes componentes de la empatía, el agotamiento profesional, el estrés traumático secundario y la satisfacción por compasión. Sus resultados muestran una relación compleja entre estas dimensiones y apuntan a que determinados componentes de la empatía pueden contribuir a reducir el agotamiento y aumentar la satisfacción derivada de ayudar.
Todo ello conduce a una conclusión bastante alejada tanto de la idealización como del pesimismo: la persona del profesional importa y, precisamente porque importa, necesita ser cuidada, pensada y contrastada.
La duda como parte de la competencia
Puede resultar paradójico, pero quizá un profesional que ocasionalmente se pregunta si está interpretando correctamente una situación ofrezca determinadas garantías que no proporciona quien está permanentemente seguro de sí mismo. No porque dudar sea siempre mejor que decidir, sino porque trabajar con personas implica inevitablemente manejar información incompleta, interpretaciones y consecuencias que no siempre pueden anticiparse.
La reflexión profesional no debería convertirse en una revisión interminable de cada decisión ni en una exigencia imposible de coherencia personal. Su función puede ser mucho más concreta: permitirnos identificar aquello que nosotros estamos aportando a una situación. Preguntarnos si una determinada reacción responde realmente a las necesidades de la persona o a nuestras expectativas; si estamos estableciendo un límite educativo o reaccionando emocionalmente; si estamos escuchando lo que alguien nos dice o completando su historia con elementos de la nuestra.
Por eso necesitamos también equipos en los que sea posible hablar de estas cuestiones. La reflexión adquiere mayor valor cuando puede contrastarse mediante supervisión, intercambio profesional y espacios en los que reconocer una duda no sea interpretado automáticamente como incompetencia. Si únicamente permitimos al profesional mostrar seguridad, terminaremos ocultando precisamente algunas de las incertidumbres que más necesitarían ser examinadas.
Quizá la madurez profesional no consista entonces en alcanzar un momento en el que dejamos de dudar, sino en aprender qué dudas debemos escuchar y qué debemos hacer con ellas.
Acompañar sin haber terminado de resolvernos
Las profesiones de ayuda contienen una contradicción difícil de eliminar: trabajamos sobre procesos humanos mientras seguimos atravesando los nuestros. Podemos conocer mucho sobre relaciones y equivocarnos en nuestras relaciones. Podemos comprender las consecuencias del aislamiento y atravesar periodos de soledad. Podemos enseñar estrategias para afrontar conflictos y no encontrar una solución satisfactoria para alguno de los nuestros. Podemos incluso ayudar a alguien a mirar una situación desde un lugar diferente mientras seguimos intentando comprender alguna parte de nuestra propia historia.
Nada de esto demuestra por sí mismo incompetencia ni competencia.
Lo que establece la diferencia es nuestra capacidad para impedir que nuestra vida se convierta inadvertidamente en el criterio con el que juzgamos la vida ajena. Tal vez por eso la pregunta «¿podemos ayudar a otros con aquello que no hemos sabido resolver nosotros?» admita una respuesta menos contradictoria de lo que inicialmente parece. Podemos hacerlo porque acompañar profesionalmente no significa ofrecer nuestra propia vida como modelo. Significa aportar conocimientos, herramientas, relación, escucha y contexto para que otra persona pueda construir sus propias decisiones.
Nuestra experiencia puede ayudarnos a comprender, pero no nos concede el derecho a decidir por el otro. Nuestras equivocaciones pueden hacernos más conscientes de la complejidad de algunas decisiones, pero no deberían convertirse en recetas. Y nuestras contradicciones, cuando somos capaces de reconocerlas, pueden recordarnos algo que ninguna formación debería permitirnos olvidar: detrás del rol profesional continúa existiendo una persona.
Quizá no necesitemos haber resuelto nuestra vida para acompañar responsablemente la vida de los demás. Necesitamos algo mucho más posible y, probablemente, mucho más exigente: conocer suficientemente nuestras propias contradicciones para evitar convertirlas en respuestas para otros.
Quien acompaña continúa siendo también alguien que está aprendiendo a vivir.
Referencias bibliográficas
Hickson, H. (2011). Critical reflection: Reflecting on learning to be reflective. Reflective Practice, 12(6), 829–839. DOI: 10.1080/14623943.2011.616687. El trabajo desarrolla la reflexión crítica mediante el modelo de Fook y Gardner y su aplicación al análisis de la experiencia profesional.
Ferguson, H. (2018). How social workers reflect in action and when and why they don’t: The possibilities and limits to reflective practice in social work. Social Work Education, 37(4), 415–427. DOI: 10.1080/02615479.2017.1413083. Estudia mediante observación directa cómo se produce —y cuáles son los límites de— la reflexión durante la práctica real con niños y familias.
Roesch-Marsh, A. (2019). Reflecting on boundaries and the use of self in professional relationships: Insights from social pedagogy. Families, Relationships and Societies, 8(2), 345–349. DOI: 10.1332/204674319X15583479932873. Analiza el uso profesional del propio yo y los límites relacionales desde la perspectiva de la pedagogía social.
Mackay, B. (2023). Lived Experience in Social Work: An Underutilised Expertise. The British Journal of Social Work, 53(3), 1833–1846. El artículo analiza el valor que puede tener la experiencia vivida del propio profesional y las tensiones que aparecen entre experiencia personal, identidad profesional y límites.
Straussner, S. L. A., Senreich, E., & Steen, J. T. (2018). Wounded Healers: A Multistate Study of Licensed Social Workers’ Behavioral Health Problems. Social Work, 63(2), 125–133. DOI: 10.1093/sw/swy012. Investigación realizada con 6.112 trabajadores sociales titulados acerca de sus propios problemas de salud conductual antes y después de incorporarse a la profesión.
Wagaman, M. A., Geiger, J. M., Shockley, C., & Segal, E. A. (2015). The Role of Empathy in Burnout, Compassion Satisfaction, and Secondary Traumatic Stress among Social Workers. Social Work, 60(3), 201–209. DOI: 10.1093/sw/swv014. Estudio con 173 trabajadores sociales sobre empatía, agotamiento, estrés traumático secundario y satisfacción por compasión.


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