El papel de la Educación Social ante la deshumanización

Una mujer de 87 años y una pregunta incómoda
Esta mañana, mientras escribo estas líneas, Maricarmen, una mujer de 87 años, se enfrenta a la pérdida de la vivienda en la que ha vivido desde 1956. Fuera, vecinos, activistas y personas que probablemente hasta hace poco ni siquiera conocían su nombre se han concentrado para acompañarla e intentar evitar el desahucio. Podríamos detenernos en los aspectos jurídicos del caso, en el contrato de renta antigua, en las sucesivas subrogaciones, en los derechos de la propiedad o en aquello que permite y deja de permitir nuestra legislación. Todo ello es importante y forma parte de una realidad que no debemos simplificar. Pero, mientras observo lo que está sucediendo, hay una pregunta que me resulta difícil apartar:
¿qué clase de sociedad estamos construyendo para que podamos llegar a contemplar situaciones como esta y considerarlas simplemente el resultado normal del funcionamiento de las cosas?
No escribo esto desde la ingenuidad. Sé que vivimos en sociedades complejas, que necesitamos normas y que los derechos pueden entrar en conflicto. Una decisión puede encontrar amparo en el ordenamiento jurídico y, al mismo tiempo, plantearnos profundas preguntas humanas. Quizá sea precisamente ahí donde comienza mi inquietud. Maricarmen no es únicamente la titular de un contrato de alquiler, como su vivienda tampoco es simplemente una propiedad susceptible de producir una determinada rentabilidad. Estamos hablando de una persona de 87 años y del lugar en el que ha transcurrido la mayor parte de su vida. Cuando dejamos de contemplar esa dimensión y únicamente permanecen el contrato, la propiedad, el precio y la rentabilidad, creo que deberíamos preguntarnos si no hemos perdido algo importante por el camino.
Cuando la rentabilidad se convierte en la medida de las cosas
Podríamos considerar este caso una situación excepcional. Yo tengo cada vez más dificultades para verlo de esa manera. Observo fenómenos aparentemente muy diferentes que me producen una inquietud semejante: la explotación de recursos naturales como si fueran inagotables, el deterioro ambiental subordinado demasiadas veces al beneficio inmediato, el crecimiento de las desigualdades, sociedades progresivamente polarizadas, discursos en los que el adversario termina convertido en enemigo o conflictos internacionales en los que la fuerza vuelve a presentarse como instrumento para resolver aquello que la política y la diplomacia no consiguen solucionar.
No creo que todos estos fenómenos tengan una única causa y sería poco riguroso pretender explicarlos mediante una sola ideología. Pero sí encuentro detrás de muchos de ellos una pregunta común: qué lugar concedemos a la persona, a la comunidad, al medio ambiente, a la solidaridad y al bien común cuando entran en conflicto con el poder, la rentabilidad o determinados intereses.
Es aquí donde aparece mi preocupación ante determinadas concepciones neoliberales de la sociedad. No porque crea que el mercado, la actividad económica o la iniciativa individual sean por sí mismos contrarios al bienestar de las personas. Mi preocupación comienza cuando la lógica económica deja de ser una herramienta y acaba convirtiéndose en la medida con la que valoramos casi todo; cuando aquello que puede comprarse, venderse o rentabilizarse desplaza otras formas de valor que resultan mucho más difíciles de introducir en una cuenta de resultados.
Una vivienda puede constituir una inversión y, al mismo tiempo, ser el hogar en el que alguien ha construido toda una vida. Un bosque puede producir recursos y tener valor económico, pero también constituye un ecosistema del que dependemos y que tendremos que dejar a quienes vengan después de nosotros. Una persona puede aparecer en una estadística, representar un coste o formar parte de un expediente, pero continúa siendo una persona con una historia, unos vínculos y una dignidad. Quizá una parte de nuestra deshumanización comience precisamente cuando olvidamos sistemáticamente la segunda parte de cada una de estas afirmaciones.
Una determinada concepción de la política
Cuando hablo de política no me refiero únicamente a partidos, elecciones o gobiernos. La política expresa también una determinada manera de comprender al ser humano y su relación con los demás. Decidir qué protegemos colectivamente y qué dejamos en manos del mercado, qué consideramos un derecho y qué entendemos como una mercancía, hasta dónde debe llegar la responsabilidad pública o qué obligaciones tenemos hacia quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad son decisiones profundamente políticas.
Por eso me preocupa que vayamos aceptando progresivamente una concepción de la sociedad en la que la responsabilidad individual termine desplazando cualquier responsabilidad colectiva. Si cada persona es considerada exclusivamente responsable de su éxito o de su fracaso, corremos el riesgo de dejar de preguntarnos por las circunstancias en las que vive, por las desigualdades de partida o por las estructuras que condicionan sus posibilidades. Y cuando dejamos de formular esas preguntas, la exclusión puede acabar interpretándose como un problema de quien la padece y no también como una cuestión que interpela al conjunto de la sociedad.
La política, entendida de esta manera, tiene mucho que ver con el mundo que construimos. También con aquello que terminamos considerando normal. Por eso el caso de una mujer de 87 años que puede perder la casa en la que ha vivido durante más de siete décadas no debería llevarnos únicamente a preguntarnos si el procedimiento se ajusta a la ley. También debería permitirnos preguntarnos qué valores estamos colocando por encima de otros y qué sociedad resulta de esas decisiones.
¿Qué puede hacer la Educación Social?
Esta es, en realidad, la pregunta que más me interesa. Un educador social no puede resolver el mercado de la vivienda, detener una guerra, revertir la crisis ambiental ni modificar por sí solo las estructuras económicas que producen desigualdad. Tampoco creo que nuestra función consista en decir a las personas qué deben pensar políticamente. Convertir la educación en un instrumento para imponer una determinada ideología sería negar precisamente la autonomía que pretendemos favorecer.
Pero entre adoctrinar y permanecer indiferentes existe un espacio enorme. Ahí encuentro una parte esencial de nuestra responsabilidad.
Educar también significa proporcionar herramientas para comprender la realidad antes de aceptarla como inevitable. Significa aprender a preguntar, contrastar información, distinguir hechos de interpretaciones, reconocer los intereses que pueden existir detrás de determinados discursos y comprender que las decisiones políticas y económicas tienen consecuencias concretas sobre la vida de las personas. Significa conocer derechos y aprender a ejercerlos, participar en la comunidad, construir espacios de convivencia y afrontar los conflictos sin convertir al diferente en enemigo.
La Educación Social tiene además una responsabilidad especial hacia quienes encuentran mayores dificultades para hacerse escuchar. Acompañar no consiste solamente en ayudar a una persona a adaptarse mejor a las circunstancias que le han tocado vivir. En ocasiones también significa preguntarnos junto a ella por qué esas circunstancias son las que son, qué puede modificarse y qué recursos personales, comunitarios o institucionales existen para hacerlo. La reflexión profesional lleva tiempo vinculando la Educación Social con la ciudadanía y los procesos de transformación social. No porque debamos decidir por otros qué sociedad tienen que construir, sino porque difícilmente puede existir una ciudadanía verdaderamente libre sin herramientas para comprender críticamente el mundo en el que vive.
De la empatía a la conciencia crítica
Podemos contemplar hoy el caso de Maricarmen, sentir indignación, compartir su historia y comentar durante unas horas que aquello que está sucediendo nos parece injusto. Mañana aparecerá otra noticia y probablemente nuestra atención se desplazará hacia ella. La empatía es necesaria, pero puede resultar extraordinariamente fugaz si no va acompañada de comprensión.
Por eso considero que la educación debe ayudarnos a avanzar desde la emoción hacia la conciencia crítica. No basta con preguntarnos qué sentimos ante una situación; necesitamos aprender a preguntarnos por qué sucede, qué decisiones la han hecho posible, qué intereses intervienen, qué alternativas existen y qué responsabilidad tenemos como ciudadanos. Eso no significa proporcionar una respuesta política previamente establecida. Pensamiento crítico no es enseñar qué debe pensar alguien, sino ayudarle a disponer de herramientas suficientes para pensar por sí mismo, incluso cuando sus conclusiones sean diferentes de las nuestras.
Y existe otra parte de la historia de Maricarmen que tampoco deberíamos ignorar. Junto a ella se han situado vecinos, organizaciones y ciudadanos que han decidido acompañarla. Personas que han entendido que aquello que le ocurre a alguien a quien quizá ni siquiera conocían también les concierne. Esa respuesta nos recuerda que frente a la individualización todavía existen comunidades y que frente a la indiferencia continúa existiendo solidaridad.
No acostumbrarnos
Quizá ahí encontremos una respuesta a qué puede hacer un educador social ante problemas cuya magnitud parece desbordarnos. No podemos arreglar el mundo, pero podemos contribuir a que las personas con las que trabajamos aprendan a mirarlo críticamente. Podemos favorecer vínculos comunitarios, acompañar a quienes encuentran mayores dificultades para hacerse oír, señalar situaciones de exclusión que corren el riesgo de convertirse en invisibles y educar para la convivencia, la participación y la responsabilidad colectiva.
Quizá educar no consista únicamente en preparar a alguien para desenvolverse en la sociedad que existe. Quizá exista también una responsabilidad educativa en ayudarle a preguntarse qué sociedad está dispuesto a aceptar y qué sociedad quiere contribuir a construir. No para proporcionarle nuestra respuesta, sino para evitar que deje de formularse la pregunta.
Ante la acumulación de injusticias podemos cansarnos, protegernos detrás de la indiferencia o terminar aceptando como inevitable aquello que se repite demasiadas veces. Tal vez por eso, antes incluso de pretender transformar el mundo, exista una tarea educativa mucho más humilde y, al mismo tiempo, profundamente necesaria: no acostumbrarnos.


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